Un error de autocorrección en el procesador de texto por parte de la nutricionista del departamento médico de River Plate hizo que Rogelio Gabriel Funes Mori (O Funes Dogui según ese archivo de texto) estuviera recibiendo comida para perros en las sucesivas concentraciones durante estos dos últimos años en el Estadio Monumental. Esto generó polémica en el siempre revulsivo Mundo River, ya que se ha replanteado sobre la atención de los profesionales del fútbol en base a las ignominias futbolísticas que ha sufrido la entidad presidida por el inefable Passarella y los siempre ímbeciles paralelismos proferidos hasta en la revista Para Ti de las cualidades futbolísticas del mencionado jugador con la raza canina.
Aprovechando la volada, Tocuén Es Fulbo, consultó a uno de sus pasantes, que reprobó el CBC de Medicina que fue tajante y dijo que "Son unos forros. Ni en pedo pueden hacer eso". Lejos de admitir equivocación alguna en en el Departamento Médico de River Plate, esquivaron el bulto y justificaron ese curso de acción. "Esto estaba premeditado, y los beneficios se notan en Rogelio: el pelaje está mas brilloso, mas fuerte, mejoró su dentadura y aliento y su caca no está tan diarreica. Eso si, Gati nunca a ningún jugador, porque atajaba en la contra" Igual asumieron que no salió del todo bien: "Cuando no se lo llevó el Benfica, lo quiso adoptar la Sole, porque le parecía de Raza" pero rápidamente aclararon que "Como el Melli estaba flojo de papeles, no se pudo hacer la adopción" en referencia al cuñado de Mauro Díaz.
En el plantel y cuerpo técnico de River, gracias a la gestión de un peruano que pinchó una línea para que Tocuén es Fulbo pudiera hablar telefónicamente con ellos, siempre desde el pedido de anonimato total, se expidieron sobre este tema. Un prominente miembro del cuerpo técnico que fuera retratado como un león alicaído por un vástago dijo: "Cuando lo llamo en el entrenamiento viene corriendo moviendo la cola o a veces durante algún ejercicio táctico se pone a lamerse las bolas, pero para mi siempre fue así". Un delantero veterano que acaba de llegar de tramitar su divorcio en un paraíso fiscal europeo dijo en el hall de Ezeiza con su perfecto acento franco-ítalo-argentino lo siguiente: "Es feo que digan eso. Es muy compañero en las concentraciones. Cuando tomamos mate, siempre se echa a los pies del que ceba o le tiramos una pelota para que la vaya a buscar y se entretiene un rato largo así" Antes de subirse a una combi de Manuel Tienda León, hizo un paralelismo con otro delantero uruguayo del plantel con el que "Es muy díficil convivir. Hay que regarle los pies y toma sol todo el día y a la noche te llena la habitación de dióxido de carbono". Respecto a esta última declaración un facultativo riverplatense disipó dudas: "Es muy común entre los jugadores uruguayos, Alzamendi y Matosas también hacían fotosíntesis. Pero, ojo, también está Nelson Gutierrez que comía solo carroña"
Igual si todavía seguís creyendo que estás boludeces que aparecen en Tocuén es Fulbo son verdad, andá a leer O*é, que es mas gracioso.
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lunes, 5 de noviembre de 2012
jueves, 1 de noviembre de 2012
La leyenda de Disco Steve
A veces este espacio lo utilizo para generar una precisa
introducción en el tema. En este caso, no. Me hubiera gustado contar con alguna
fuente mas, alguna data mas, algo. Pero es un historia loca y es buena la
posibilidad de pasar por el fenomenal fútbol tras la cortina de hierro, un
espectáculo bizarro que ya nos es conocido y de costado por Hollywood. Vamos a
los bollos.
El personaje en cuestión es Slaviša Žungul (Lease Shungul) y nació hace mas de
58 años en la entonces ciudad yugoslava de Požarevac (Hoy Serbia). Breve fue (en término de poner en
perspectiva de una toda una vida) su estadía allí, ya que su padre, un tipo
retirado del Ejército, se fue a vivir a esa fantástica ciudad que es Banana
Aire Acondicionado Split, por ese entonces también Yugoslavia, pero hoy
Croacia, a vivir de la pesca. Allí, en tierras 101 dálmatas, un muy
joven Slaviša, entendió como era eso del fulbo en los potreros de la zona. Y
muy rápido. Por eso no tardó en llegar, a la tierna edad de 17 años (circa
1971) al equipo mas importante de la ciudad, el Hajduk Split, donde al toque se
convirtió en dueño indiscutible de la número 7 de ese equipo y parte
fundamental de un equipo que dominó la escena yugoslava, haciéndose fuerte ante
su Torcida en Stari Plac. Esto se extendía al plano europeo, pero la
contraposición era una irrefrenable tendencia de ir a entregar el rosquete a
otras esquinas del viejo continente, incluso regalando ventajas de tres goles
conseguidas en su difícil reducto.
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| Un día de gloria |
En el plano personal, al comienzo estaba todo joya. El bueno de Slaviša
hizo goles de entrada, se ganó su lugar en el club y a medida que fue ganando reputación en el plano local, se ganó un lugar en la selección de su país y el
un tanto pretencioso mote de “El Gerd Muller yugoslavo”. Pero a su vez, a
medida que paso el tiempo y fue ganando relevancia por sus desempeños en
comepetencias europeas, Žungul quería otro lugar en la cancha y expresar su
fútbol de otra manera. Žungul dicen las crónicas que era un jugador que era un
lince en el área, un jugador que vivía del anticipo, un carterista del gol. El
entrenador del Hajduk por ese entonces, Tomislav Ivic, entendía que Žungul era
mas que eso, por eso lo ponía de una especie de lo que sería una segunda punta,
llegando de atrás o moviéndose por los costados, lo que fue limando su relación
con el afamado entrenador. A su vez, el reconocimiento a nivel europeo (France
Football en el 78’ lo nombró uno de los seis mejores delanteros europeos) hizo
que el viera otras formas mas farandulescas de vida en el viejo continente y
las adoptara. Eso a su vez trajo atención por su estilo de vida fuera de la
cancha. Ese estilode vida reñido con el de un deportista, mas su trato difícil
y su ego generó que le pongan al pobre Slaviša una etiqueta de díscolo, frívolo
y calavera (?), que no caía bien en Yugoslavia. Para colmo, una ley yugoslava
de ese entoces implicaba que Žungul a fines de 1978 debía presentarse al
servicio militar obligatorio por año y medio, temita al que el escapaba y que
pensaba que iba a demorar el pago de una guita que le debían y que a su vez le
impedía seguir jugando desde hace un tiempo en su selección
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| Parece que estaba buena la Moni |
Žungul estaba en una encrucijada. Por suerte para él, en Yugoslavia se
gozaba de un estilo de vida de los mas cómodos en el bloque comunista, lo que a
su vez brindaba una cierta libertad para entrar y salir de ese conglomerado
eslavo dado en llamar Yugoslavia (?), por lo que se creía que un tipo del
perfil (en cuanto a su carrera) de Žungul , jamás podía escaparse (Y además hasta
los 28 no podía jugar en equipo extranjero alguno). Para ese entonces, el estilo
de vida de Žungul, le había permitido formar una relación una cantante eslovena
llamada Moni Argento Kovacic, que había pegado un currito en una revista
yanqui que se llamaba Playboy, mas o menos conocida. Esa iba a ser la vía de
escape de Žungul. El tenía un gancho (otro currito). Un tal Popovic, que había
jugado con él en Hajduk, pegó un laburo como entrenador de los New York Arrows
de la Major Indoor Soccer League. Este era un emprendimiento de un formato
futbolístico, que como casi todo lo que intentaron los yanquis para insertar el
fútbol en los EEUU, terminó háciendole mucho daño al deporte mas hermoso del
mundo, pero que a su vez terminó ganando reconocimiento en nuestro país de la
mano del Mancu antes de cagar al Diego con ese compendio de vejetes
cagandose a patadas llamado Showbol. La cuestión es que Popovic con la
dirigencia de esta franquicia, le ofrecieron a Žungul jugar unos partidos de
exhibición en este formato. Bajo estas excusas (la novia y la exhibición) Žungul
fue a la tierra de la cerveza Light.
La cuestión es que cuando Žungul llegó la idea no era que jugara unos
partidos de exhibición, sino que formara parte de toda una liga y un negocio nuevo.
La idea de Žungul no era quedarse jugando allí, sino que era jugar en cancha de
Once. Pero cuando en Split se dieron cuenta que no iba a volver, iniciaron una
furibunda campaña mediática contra él y lo inhabilitaron ante la FIFA,
implicando que no podía jugar en NASL (La incipiente liga norteamericana del
mítico Cosmos de Pelé) ni en ningún otro torneo FIFA, por lo que si deseaba
permanecer en USA, la opción era una: jugar Indoor Soccer. Así quedaron atrás
los 303 partidos y 176 goles con la camiseta del Hajduk, que lo habían elevado
al status leyenda del club.
Por mas que su meta y su máxima ambición fuera volver a jugar al fútbol
de cancha de 11, Žungul encontró su lugar en esa jungla mezcla de pinball,
fútbol, hockey sobre hielo y berretez setentosa (?). Dentro de los que es el
juego, el nivel de juego general muy por debajo de sus enormes condiciones, las
características de la disciplina, le permitían satisfacer su hambre de hacer
goles. Pero a los yanquis no les interesó la esencia del juego de Žungul,
siempre prefirieron apreciar un show, algo mas bombástico, exagerado, por mas
carente de esencia que fuera. Slaviša se americanizó. Pasó a hacerse llamar Steve
Žungul, pasó a hacer bailes extravagantes para festejar sus goles y fuera de la
cancha encontró un ámbito ideal en Nueva York. Llevaba un estilo de vida
nocturno, era objeto de deseo del universo femenino y tenía algunos amigotes,
como Al Pacino. Fue piedra angular en la inclusión del Indoor Soccer en la
tierra de la Mickey y Donald (?), rompiendo records y ganando títulos varios.
Para que se den una idea en dos oportunidades fue goleador de la liga con mas
de 100 goles, mientras que los que venían atrás no habían conseguido mas de 50.
En total, consiguió 372 goles en 145
partidos, jugando en esa bosta parecida al fútbol en los Arrows.
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| Steve quemando los últimos cartuchos |
Žungul ya gozaba de una consideración cierta en el plano del deporte
americano y una vez que se libró de las ataduras legales de su país, decidió
que debía volver al fútbol viejo y querido. Tomó las acciones legales
pertinentes, pidió el doble de tarasca en los Arrows, que no podían pagarle (de
hecho la franquicia se fundió al año siguiente), entonces no les quedó otra que
pasarlo a los Tampa Bay Earthquakes de la North American Soccer League (fútbol
11), donde en su primer temporada marcó 36 goles en 46 partidos, siendo el
jugador mas valioso de esa temporada. Pero
la NASL ya no contaba con las estrellas de antes (quedaba solo Chinaglia y al
borde del retiro) y ese castillo de naipes se derrumbó y Žungul se vio forzado
a volver a jugar bajo techo. Los San Diego Sockers y los Tacoma Stars le
permitieron 6 años robar jugar seis años mas en ese ámbito logrando mas records,
goles y premios, pero sin el brillo de antes.
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| Steve, hoy |
Hoy por hoy, poco y nada se sabe de Žungul. La última vez que se lo vió
públicamente, fue cuando lo arrestaron por manejar mamado y resistirse a la
autoridad en la peatonal Florida. No volvió a su querido Split, donde la
fuerza de sus goles y su talento hicieron olvidar cuando los dejó a gamba en el
78’ y la leyenda hizo que mas de uno hoy en Croacia lo mencioné como “Rey”. Žungul
definió su juego de la siguiente manera: “El goleador tiene que ser un
estafador, un ladrón, un payaso, un mago” El que entiende un poco el juego y ve
la diferencia entre los videos del Žungul de Yugoslavia y el de USA, está
perdonado si piensa que a Žungul se lo comió el goleador.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Haciendo Historia: Ningunos lápices (Parte 2)
Del 77’ al 98’, que es donde retomaremos esta secuencia
histórica, a Japón le costó mucho tener jugadores que pudieran insertarse en la
escala global. Solo tres habían tenido éxito en llegar al viejo continente y
con suerte dispar. Pero la situación había cambiado bastante en la isla donde
el fútbol siempre tuvo interés, pero nunca pudo hacerse parte de la rutina, la
vida diaria. En primer lugar, los equipos dejaron de ser ese grupo de operarios
entusiastas mas algún extranjero rentado que representaban megaempresas. La
J-League aglutinó a esas megaempresas y empezaron a bancar a equipos
enteramente profesionales, compuestos de jugadores nativos mas estrellas
extranjeras en declive, lo que acercó a la gente mas al futbol. Además, empezó
a pagar dividendos un sistema de formación de juveniles basados en el sistema
escolar, lo que sumado a lo anterior, permitió que Japón llegara por primera
vez a un mundial. La próxima etapa de desarrollo era que esos jugadores
pudieran dar un salto de competitividad en nuevas pasturas
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| La Beckhamización de Nakata |
A pesar del sapo de Kazu como antecedente inmediato, hubo un
equipo italiano que volvió a buscar a un jugador nipón para volver a militar en
la Serie A. El club: Perugia, el jugador Hidetoshi Nakata. Para esa época,
Nakata no solo era un tipo con peinados excéntricos y colores varios. Era un
jugador que era de lo mejor en su continente, venía de jugar un buen mundial
(Francia 98’) tenía solo 21 años, era buen pasador y un fantástico rematador
con pelota en movimiento. El presentimiento no falló. Nakata se convirtió en un
modelo para todos los jugadores asiáticos dentro y fuera del campo. Fuera del
campo porque se convirtió en una especie de Beckham asiático y cara marketinera
de Japón ante el mundial que organizara frente a Corea en 2002. Dentro de él,
10 goles en su primera temporada, le valieron el pase a la Roma, donde ganó un
título junto al Bati y Totti. Después el Parma puso 27 millones de euros y jugó
bastante bien, pero su nivel cayó y para el 2003 fue a préstamo al Bologna, un
año después a la Fiore y otro año después estaba en el Bolton inglés. Después
de un olvidable mundial para Japón en 2006, a los 29 años colgó los tinbos. Pero es justo decir que para el emergente mercado asiático, Nakata estuvo en el momento justo en el lugar ideal antes que nada por lo que hizo en la cancha
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| Le pegaba con un broli |
Mientras Nakata brillaba en el Parma, otro compatriota
empezaba a hacer carrera a su sombra en Italia, aunque no por eso fue menos
exitoso: Shunsuke Nakamura. Nakamura, cuyos antecedentes eran tener un
asteroide a su nombre (si, ud. leyó bien: un puto ASTEROIDE), y dentro del
campo dejuego era un enganche de gran visión de juego y pegada finísima depelota parada, surgió del Yokohama Marinos y después de que Troussier lo dejara
fuera del mundial del 2002 por no encajar en su esquema, armó las valijas y se
fue a Reggina, donde estuvo seis meses a préstamo hasta que el club italiano
compró su pase. Mantuvo un buen nivel,
pero no lograría tener un impacto muy grande. De todos modos, fue suficiente
para atraer a varios equipos importantes de Europa y terminó recalando en el
Celtic. Su buen juego y enorme calidad para los tiros libres, lo convirtieron
el favorito instantáneo de la hermosa gente de la mitad católica de la Old Firm.
En ese período, se convirtió en el primer jugador japonés en anotar en el
formato moderno de Champions League, un gol memorable de tiro libre suyo ante
el Manchester United le permitió pasar de fase al Celtic por primera vez en la
historia del formato moderno de la misma competición.
Vencido una vez su contrato con ese equipo escocés, Nakamura
quiso volver al Yokohama, pero no lo dejaron, bajo la sospecha de que Shinsuke
estaba roto. En su lugar fue a Espanyol y Shinsuke jugó poco y nada,
confirmando que estaba roto. Fue su último paso por Europa, ya que volvió a
Japón, al mismo tiempo que se retiró de su selección después del mundial en
Sudáfrica igual que el Chino Garcé
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| Ningún muñeco |
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| ¿Mala leche? Ni ahí |
Llega la hora de la amnistía para alguien, fácilmente
vilipendiado en este lado del mundo. Con menos éxito y brillo, pero al mismo
tiempo que Nakamura, llegamos al tercer jugador japonés en la historia de la Bundesliga, retomando un
camino abierto hace mucho por Okudera y Ozaki y que marcó el sendero para
muchos que llegaran después a tierras teutonas y lo hicieron con un éxito mucho
mayor con la que lo hizo el propietario de la temática de este párrafo. Si ud.
es hincha de B*ca se cegará y no entenderá ni los motivos anteriores ni que
aquí hablamos de japoneses que dejaron
de alguna marca su marca en Europa y probablemente me vayan a buscar a
Segurola y Habana 4310 octavo Piso rompan el monitor en un par de líneas.
Hablo de ese hombre que un pasquín deportivo argento bautizó “Van Pasten”. Si,
Naohiro Takahara. Después de que lo limpiaran y se fuera con el cartelito de “Tongo
precursor del MetroBus” “Negociado de Mauri”, volvió a Japón por poco
tiempo y se fue para jugar en el Hamburgo, un equipo más que respetable. Su paso de tres años por ese club dejó 13
goles en 97 partidos, pero su posterior paso por el Eintracht Frankfurt dejó 18
tantos en 49 partidos en un año y medio (después de liderar el ataque japonés
en el mundial de Alemania) permitió forjar grata imagen de Taka, le valió el
cariño de la gente que hasta le dedicó un cantito que no me puedo sacar de la
cabeza. Incluso, el bueno de Taka, saltaba igual que la gente durante el canto.
Luego, se volvió a Japón, jugó en Corea y aún sigue en Japón. Después del paso
de Taka, de alguna manera un montón de jugadores de la tierra de los Samurais Cellay
vieron como se les abrían las puertas de Alemania y hacia allí acudieron en
masa.
Hasta aquí contamos historias de éxito de japoneses en
Alemania e Italia (leve excepción de Nakamura) que podrían dar la idea al
lector de una especie de cooperación pos-Segunda Guerra Mundial en el plano
futbolístico de las potencias del eje (?). Pero había ponjas en otras ligas
grandes corriendo suerte levemente dispar a la de sus compatriotas mas ilustres,
pero con momentos a veces destacables, a veces olvidables. Como por ejemplo
Junichi Inamoto. Contratado para llegar a la Premier y nada mas ni nada menos
que para jugar en el Arsenal de Grondona Wenger (Quien trabajara un
tiempo en Japón), ni jugó ni un minuto allí. Después pasó al Fulham, donde
anduvo mas que bien, hasta que se rompió todo jugando para su selección.
Después fue al West Bromwich, donde empezó mal, fue a préstamo al Cardiff y
allí volvió a retomar su nivel. Pegó pase al Galatasaray por un año, se reunió
con su antes mencionado compatriota Takahara en el Eintracht y antes de volver
a Japón, jugó en el Rennes
Menos afortunado y prolífico que Inamoto era un joven
enganche destinado a un futuro brillante, Shinji Ono, que llegó al Feyenoord en
Holanda y llegó a tener un éxito efímero en esa liga convirtiéndose en el
primer japonés en ganar un trofeo europeo (Copa UEFA 2002). Lástima que al
toque se rompió todo y se tuvo que volver a Japón. Después, el oriundo de
Hokkaido volvió a Alemania con el Bochum, pero siempre roto.
En el mismo tenor que Ono, Shoji Jo rompía redes de
pibe en todo Japón, pero ni siquiera tuvo una temporada completa en el
Valladolid porque se hizo bosta la rodilla. E incluso antes que eso ni le había
ido bien. Pero nadie le quitaría el privilegio de ser el primer japonés en
jugar en la Liga española.
Por último, cuando Philippe Troussier, asumió funciones en
el Olympique Marsella, se acordó de que había dirigido a Nakata. Pero no de
Hidetoshi, sino de Koji, también conocido como “El otro Nakata”. Volante de
contención, también dado a trabajar algunos puestos de la defensa, tuvo un paso
olvidable por Le Championnat (mayormente porque Troussier duró lo que un pedo
en una canasta). Pero se fue a Suiza y tuvo un buen paso.
Hoy por hoy el fútbol doméstico japonés se ve debilitado por
la mentalidad dominante de otros años, donde se ve a Europa como la meca del
fútbol, con muchos jugadores en ligas falopa como Colombia, Bolivia y
Jamaica Letonia, Estonia, Croacia, Dinamarca y el ascenso europeo y que
podrían fortalecer la liga local y la salud del fútbol en su tierra. Pero a su
vez hay jugadores encumbrados como Yuto Nagatomo en el Inter, uno de los
mejores laterales de la actualidad aunque igual no pudo jubilar a Zanetti
o la nueva joyita del Manchester United Shinji Kagawa, un fantástico jugador cuya
carrera será arruinada por Ferguson, que siguiera el camino del lejano
Okudera o el mas cercano y entrañable Taka y llegara al viejo mundo vía
Germania.
Por ahí dejaron de ver y soñar dibujitos y ponerse a patear,
porque se dieron cuenta que, como dicen en algunos lugares de Sudámerica, si se
puede
viernes, 19 de octubre de 2012
Haciendo historia: Ningunos lápices Parte 1
Japón y el fútbol. Relación extraña si las hay. El fútbol lápiz
japonés solo lleva de profesionalismo 20 años en su liga y el primer contacto
que muchos de nuestra generación tuvimos con este fútbol fue con ese animé
llamado Supercampeones, lo cual implica que hay una generación entera de
siomes que si les preguntan quienes fueron los primeros japoneses en jugar
en Europa responderán con certeza que fueron Aoi Shingo, Steve Kyuga y Benji
Price. Algunos, que todavía mantenemos algún punto de contacto con la
realidad crecimos viendo el fútbol italiano de la segunda mitad de los 90’
recordaremos a ese exótico Nakata o antes a Kazu Miura en el menor de los
casos. Entonces, para no ahondar en África o tras la cortina de hierro, nos
correremos de allí bocha (?) mas hacia el oriente y la idea es que el repaso de
aquellos nipones que trascendieran en Europa, de alguna manera nos ayude a
hacer un somero, pero sustancioso repaso de la historia del juego en la tierra
del sol naciente y a su vez, nos llevemos alguna sorpresa.
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| "Bigoten" Okudera en Colonia |
Hasta la creación de la J-League, el fútbol japonés
básicamente estaba compuesto por aquellas compañías, que armaban equipos de
fútbol para dar un rato de esparcimiento a sus trabajadores fuera del horario laboral. Es decir que, los
tipos salían de laburar e iban a jugar por amor al juego, aunque también a
algunos extranjeros solo se les pagaba por jugar. Una de esas compañías era la
Furukawa Electric que por el año 1977 organizó una gira para que los muchachos
de la compañía se nutrieran del por ese entonces poderosísimo futbol alemán. Un
mediocampista zurdo, veloz y buena capacidad para centrar pelotas de nombre
Yasuhiko Okudera, causó buena impresión y le ofrecieron quedarse a jugar
profesionalmente en el Koln. Enorme salto dio Okudera, porque no solo se
convirtió en el primer jugador profesional japonés, sino que también lo hizo en
un equipo de los que peleaba una liga de las mas poderosas en Europa en ese
entonces, jugando a la par de Littbarski y Harald Schumacher por ejemplo. No solo eso, sino que ganó la primer liga que
jugó con el Colonia, amén de ser también fue el primer jugador nipón en anotaren competencias europeas ante el Nottingham Forest, en otro lugar que la
historia le guardó desde el lado equivocado a Peter Shilton. Mas allá de lo que
fue el hito histórico, ese gol desde el banco del hombre nacido en Kazuno
permitió a los teutones pasar a la final de la Copa Europea.
Cuando el entrenador que lo dejó en Alemania se fue del
Koln, pasó un año por el Hertha en la segunda división alemana, pero a la
temporada siguiente pasó al recién ascendido a la Bundesliga Werder Bremen.
Allí tuvo su mejor momento en la tierra del chucrut, de la mano de un
entrenador que lo cambió de banda y le sacó sus mejores rendimientos. Ese entrenador
era un tal Otto Rehhagel, que entre otras cosas logró la increíble hazaña de
sacar a Grecia campeón de la Eurocopa 2004. Despues de once años en los que
jugó 259 partidos con 34 goles, Okudera volvió a su Furukawa Electric querido,
pero no como operario, sino como el primer jugador japonés profesional en jugar
en su país en la historia, en lo que fue la piedra fundacional para
profesionalizar el futbol en ese conjunto de islas.
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| Ozaki: Delantero, Autopartista, Fantasma de la Ópera |
A pesar de la prolífica campaña de Okudera en Alemania, no
alcanzó para que en Europa el jugador japonés deje de ser considerado como
exótico, pero por sobre todas las cosas, las condiciones en Japón no habían
cambiado para que sigan la perdurable huella que dejó Okudera., donde la Copa
Intercontinental y otros clubes de renombre
y reputación global, metían mas 50.000 personas, pero no se reflejaba en
el día a día amateur en la isla buque insignia de la tintorería (?). A pesar de
esto, el Arminia Bielefeld en 1983 se la jugó por un tipo que laburaba en la
Mitsubishi Motors y había demostrado una
gran velocidad y una gambeta picante en el mundial juvenil de 1979. Ese tipo
era un tal Kazuo Ozaki, que se convirtió en el segundo japonés en jugar en la
Bundesliga. Ozaki dejó buena impresión en el Arminia, donde jugó 113 partidos
con 18 tantos y contó con la particularidad de que fue uno de los primeros en
usar mascarillas para protegerse de una fractura nasal. Después jugó 6 partidos
en un año en el siempre entrañable St. Pauli y después no jugó en el año que
estuvo en Dusseldorf. Volvió de Honda a la Mitsubishi Motors y llegó a
jugar en el ocaso de su carrera como profesional en la novedosa J-League en el
Urawa Red Diamonds (continuador del equipo de Mitsubishi) y en el Verdy
Kawasaki.
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| "Peluca" Miura: Inspiró a Neymar |
Para cuando Okudera y Ozaki habían vuelto su país para la
reinserción laboral a colocar (entre muchos otros) la piedra basal para la
fundación de la J-League, en Brasil había un muchachito japonés que sería
fundamental en la historia del fútbol de este país y que, ansiosamente o no, ya
había empezado su camino mucho antes. Kazuyoshi Miura, ante la escasa
perspectiva de jugar profesionalmente en su país, largó todo en la secundaria e
intentando el mismo camino de Okudera, pero en otro entorno, recaló en la
academia Juventus en Brasil jugando once y futbol sala, donde dominó sucaracterística Padalinha y pulió su pegada. Tiempo después (en 1986), firmó
para el Santos siendo un pibe de 19 años donde debutó con Pelé. Allí
jugó en varios clubes de renombre como el ya mencionado Santos, Palmeiras o
Coritiba. Regresó a Japón con la profesionalización del fútbol y creación de la
J-League y se convirtió en la primera mega estrella japonesa de fútbol y dicen
que fue donde se inspiró la historia de Oliver Atom en la antes citada serie
“Supercampeones”. Todo venía joya hasta la “catástrofe de Doha”, donde Japón empató
inexplicablemente ante Iraq sobre la hora, un partido que ganando ante ese
rival eliminado lo clasificaba por primera vez en la historia a un mundial (USA
94’). La cuestión es que ese era el primer equipo enteramente profesional en la
historia del país y había muchas expectativas, por lo que casi todos sus
integrantes quedaron estigmatizados. En un golpe de efecto mediático (Y para
poder entrar en esta reseña), el ya “King Kazu” se fue a la Serie A, a jugar al
Genoa, en la temporada 94/95, a desensillar hasta que aclare en su patria. Si
bien fue el primero (junto al volante Nanami en Venecia), el humo mediático no
pudo disipar el flojo rendimiento de Kazu. 21 partidos, un gol (en un clásico
ante la Samp), dejaron sabor a poco. El resto es historia: volvió a Japón,
volvió a Europa (Croacia), volvió a Japón, jugó en Australia, nunca jugó un
mundial por internas, sigue jugando profesional a sus 45 años y al cierre de
esta edición estaba en la selección de futsal
de Japón.
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| Kazuyoshi Oliver Miura Atom |
Para esta altura, Japón, ya había recorrido bastante bien el camino de profesionalización del futbol. De la mano de extranjeros ilustres, si, como Ramón y nuestro adorado doctor Bilardo, pero con el aporte incuestionable de estos protoprofesionales (?) futbolistas japoneses, cuyo progreso ha acompañado el desarrollo de la actividad en su país. Pero el fútbol, como todo, se globarizaría. Y sería una buena oportunidad para muchos de los jugadores de esta tierra de empezar a dejar una marca perdurable en el viejo continente. Obviamente en la entrega que viene
lunes, 14 de mayo de 2012
Villoro Strikes Back (?): El Último Hombre Muere Primero
De nuevo seguimos chorenado recopilando, obras, mas puntualmente artículos. Vamos con una especie de Dejavú: Otra vez Juan Villoro (Que dicho sea de paso, tiene cosas muy buenas además de estos artículos) escribiendo sobre el sufrimiento de un arquero. Robert Enke atajó en el Borussia Moenchengladbach, Barcelona, Benfica, Fenerbahce, Tenerife y Hannover 96, además de la Mannschaft hasta que tomó la medida mas extrema que un ser humano puede tomar: Acabar con su propia vida. Villoro les dirá el resto
El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.
A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.
Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.
El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.
Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.
Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.
El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.
Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.
Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.
Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.
Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.
El pecado de estar triste
Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.
Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.
A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.
En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.
Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.
Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.
Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.
El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.
Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.
Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».
Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.
Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».
Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.
Los ángeles caídos se levantan
En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.
Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.
El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.
No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.
En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.
El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.
La última jugada
¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.
La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.
Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.
El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.
El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.
El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.
A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.
Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.
El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.
Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.
Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.
El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.
Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.
Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.
Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.
Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.
El pecado de estar triste
Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.
Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.
A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.
En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.
Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.
Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.
Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.
El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.
Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.
Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».
Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.
Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».
Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.
Los ángeles caídos se levantan
En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.
Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.
El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.
No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.
En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.
El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.
La última jugada
¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.
La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.
Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.
El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.
El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.
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