lunes, 14 de mayo de 2012

Villoro Strikes Back (?): El Último Hombre Muere Primero

 De nuevo seguimos chorenado recopilando, obras, mas puntualmente artículos. Vamos con una especie de Dejavú: Otra vez Juan Villoro (Que dicho sea de paso, tiene cosas muy buenas además de estos artículos) escribiendo sobre el sufrimiento de un arquero. Robert Enke atajó en el Borussia Moenchengladbach, Barcelona, Benfica, Fenerbahce, Tenerife y Hannover 96, además de la Mannschaft hasta que tomó la medida mas extrema que un ser humano puede tomar: Acabar con su propia vida. Villoro les dirá el resto

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.
A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.
Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.
El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.
Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.
Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.
El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.
Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.
Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.
Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.
Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.
El pecado de estar triste
Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.
Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.
A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.
En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.
Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.
Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.
Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.
El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.
Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.
Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».
Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.
Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».
Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.
Los ángeles caídos se levantan
En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.
Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.
El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.
No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.
En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.
El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.
La última jugada
¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.
La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.
Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.
El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.
El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.

miércoles, 2 de mayo de 2012

"El Hincha"

Mempo Giardinelli es escritor y periodista. Nació el 2 de agosto de 1947 en Resistencia, Chaco (Argentina). Desde 1969 desempeñó varios trabajos en diversos medios periodísticos de Buenos Aires. En 1976, la dictadura militar censuró su primera novela, "Por qué prohibieron el circo", que fue publicada en el exterior. Vivió en México hasta l985 y cuando, regresó al país, publicó: "La revolución en bicicleta", "El cielo con las manos", "Vidas ejemplares", "Luna caliente", "El género negro", "Qué solos se quedan los muertos", "Antología personal", "El castigo de Dios", "Santo oficio de la memoria" (VIII Premio Internacional "Rómulo Gallegos", 1993) y "Así se escribe un cuento". Creó y dirigió la revista "Puro Cuento". Es colaborador habitual de diversos medios, entre ellos, los diarios "Página 12", "Clarín", "La Nación", "Norte", "El Diario de Resistencia" y "El Litoral", de Corrientes.

Formal la presentación, hasta aquí. Antes que nada, quisiera hacer una pequeña mención: Giardinelli es hincha de Vélez. Este cuento es simplemente fantástico para el hincha de Velez, refleja ese sentimiento particular que ha tocado pasar en alguna medida a todos los que nos unen estos colores (Sobre todo a aquella generación que le ha tocado transmitir esta pasión a las generaciones mas jóvenes), pero a la vez esconde un breve repaso de sus glorias, tanto equipos como jugadores, absolutamente indispensable. Si el lector no es hincha de Velez y ni le interesa ni su historia ni su gente, díficilmente no pueda llegar a sentirse identificado con aquella cosa que el protagonista (ycualquier hincha tiene) que ante el fracaso de sus colores queridos parece que se dobla y que se rompe, pero cuyo vínculo sale fortalecido y da origen a ese difundido y distorsionado slogan masoquista "En las malas mucho mas". A continuación podrán leer "El Hincha"


El 29 de diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sarsfield derrotó al Racing Club por cuatro tantos a dos. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Webbe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia.
-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.
-¡Gol! ¡Golazo, carajo -saltó-saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas frente al radiorreceptor.
Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes. Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra "papá", del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, iban acercándose al club para alistarse en la novena división.
Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfleld (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a la tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en Primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota Mihanovich y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de abordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires-Asunción-Buenos Aires, y también aquel día de mayo de 1931, cuando el "Ciudad de Asunción" se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días, y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel Chanta Cuatro; después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.
Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River; y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el '34 y en el '35, Conde en el '54, Rugilo, guardavallas de la Selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de "El León de Wembley"), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que, al año siguiente, seria comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de barra.
Claro que había retenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo termino encaramado al tope de la tabla, solo detrás de River. O aquellas ¿temporadas en que Zubeldía, Ferraro, Marrapodi en el arco, Avio, Conde formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la Selección Nacional: Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieran seis goles, total Carrizo era de River.
Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces, no se transmitían los partidos que jugaba Vélez, sólo se mencionaba la formación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente.
Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba El Territorio en la esquina de la Catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River.
Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba:
-Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh?
-Calláte, pendejo -respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa seria la revancha de su vida.
No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón. Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarreaba esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse.
Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Diosmelibre Giovanotro y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Angel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell'Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.
En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de mayo de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el '23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja, a rayas verticales, que usaron hasta el '40 y que todavía guardaba en su ropero.
No le importaban las pullas, el fastidio ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el '41, cuando Vélez descendió de categoría y Diosmelibre sentenció "Amaro, no hablés más de ese cuadrito de Primera B", y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el '43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas.
Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo. Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de Primera B.
Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la Capital desde aquella mañana en la que abordó el "Ciudad de Asunción", rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo, y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse. Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a Primera A.
Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana.
El sol le dio de frente hasta el mediodía y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos.
Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera jugar en la A al año siguiente.
Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta; pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia.
Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria. Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:
-Un buen jugador era el pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...
O bien:
-¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...
Y cuando los demás reaccionaban:
-¡Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar!
A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en un perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo. La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odiosa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizás por eso aprendió a ver la esperanza en cada partido, confiado en que su constancia tendría un premio, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria.
Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente. Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas si son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantales, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían.
Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos.
Goooooooool de Velesárfiiiiiilllllll!
La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores.
Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas.
Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.
-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro-. Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia.
Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.
-Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y lo aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó viva Vélez carajo y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa.
Dejó colgado el banderín en el picaporte del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se giraba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers.
Amaro suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en el pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que lo muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.

lunes, 30 de abril de 2012

Haciendo pelota Moneyball


La otra vez vi Moneyball. No era el deseo de ver a Brad Pitt, justamente lo que me empujó a ver el filme.  Si, como buen cipayo fanático del deporte, tengo que admitir que me gusta el beisbol. Y ante la falta de buen cine relacionado al fútbol (tema que pensándolo bien podría tocar), era una buena opción. Además de ser el beisbol un deporte cinematográfico, esta tiene un matiz extra, que está basada en una historia real. Y la verdad, así fue nomás, pasé 105 minutos muy amenos. Tiene cosas interesantes, como el comportamiento rockstar de algunos jugadores, la dinámica grupal, del trato que dan estas organizaciones a los jugadores, e incluso como el protagonista se revindica de su pasado como pelotero fracasado, imponiendo solo contra el mundo, de manera romántica, quijotesca, su idea desde su rol de manager general. Pero más allá de esa idea, el film básicamente se centra en cómo la lleva a cabo.


Poné a los pibes la c... de tu madre!
El protagonista (Billy Beane por Brad Pitt) es el manager de un equipo de Beisbol  (Oakland Athletics) que maneja unos de los presupuestos mas bajos de las Ligas Mayores y que si bien arma buenos equipos como puede y está en instancias finales seguido, está cansado de dejarse garchar por Fantino perder partidos, campeonatos y sus mejores jugadores a manos  de equipos con mayores presupuestos. A fin de temporada, el tipo pierde a sus tres mejores jugadores, entonces mientras se rompe la cabeza para ver como reemplaza a tres estrellas gastando chaucha y palito (Con toda la dificultad que esto implica) junto a su grupo técnico, una manga de viejos zorros del beisbol. Cambia todo cuando se cruza con un gordito nerd que le ofrece probar con un nuevo método. Un método que se basa puramente en el análisis del rendimiento de los jugadores en base a guarismos estadísticos, lo que le permitiría identificar jugadores infravalorados, es decir que ofrezcan rendimientos superiores en relación a los montos que perciben y además establece ciertos parámetros en cuanto a las estadísticas grupales del equipo que le permitirían ganar determinada cantidad de partidos y llegar al título. Beane empieza a apoyarse puramente en esta herramienta, por lo que para reemplazar a estas estrellas de la Liga que perdió, llegan jugadores que cumplen con la planilla estadística requerida , por precio módico, que harán pensar que son un negocio excelente que con este método son grandes estrellas, pero que por algún motivo nadie apostaría por ellos. Uno que se dedica a la fiesta, un veterano ya muy de vuelta, un jugador roto y retirado que lo convencen para que cambie a una posición que nunca jugó y otro que tiene una técnica en extremo heterodoxa y que no convence a nadie, pero que resulta ser el jugador mas infravalorado según este método son los refuerzos
La cosa es que el equipo arranca para el orto, pero un par de cambios (incluso contra la voluntad del entrenador y de todos los veteranos del equipo de scouting)  hace que el equipo empiece a remontar  y llegue a los playoffs con ese rejuntado de refugiados método peculiar, pero como siempre caen ante los Yankees, el equipo de mas presupuesto. De todos modos, esta revolución no pasa desapercibida para el dueño de otro de los equipos importantes, los Boston Red Sox y le ofrece un fangote de guita para aplicar este enfoque en busca de un título esquivo hace bocha de años, pero este Beane no la agarra y se queda en Oakland. De todos modos, los Medias Rojas lo aplican y al poco tiempo, logran el título tan ansiado.

Comolli=Nerd
Hasta acá, estimado lector, pensará que carajo tiene que ver esto con el fútbol, que quien escribe está hecho un pelotudo y completamente poseso por el espíritu de Luis Pedro Tony. Bueno,  lo de Luis Pedro Tony está equivocado, lo otro… Decíamos que el dueño de los Red Sox, confió en este método. La cuestión es que este mismo tipo (más precisamente referente de un grupo económico) compró al Liverpool, buscando el éxito mediante la reconstrucción de este mismo método, pero aplicado al fútbol. Entonces buscaron a uno que pudiera aplicar este método, pero a su vez también, a alguien convencido, por eso el elegido fue el polémico Moreno Damien Comolli. Comolli empezó como entrenador juvenil en el Mónaco donde conoció a un tal Arsene Wenger, quien lo llevó como ojeador al Arsenal, donde se le atribuyen varios descubrimientos de reputados jugadores. Allí mismo junto al economista Wenger, empezó a interiorizarse en el tema este de los SaberMetrics, nombre en inglés para la utilización de elementos puramente estadísticos para el análisis del juego. Esa creciente reputación lo llevó a ser el director deportivo del  Saint Etienne, donde si bien no tuvo grandes éxitos, si logró buenas  campañas que lo llevaron a ese mismo puesto en Tottenham. Realizó excelentes compras, Bale, Modric, Berbatov, Assou Ekotto, Kaboul, KP Boateng, entre otros que dieron rédito en Tottenham y en otros clubes. Pero esos fichajes no rindieron sino hasta que Comolli y sus elecciones en los cuerpos técnicos se marcharon por los pésimos resultados obtenidos hasta ese momento. Volvió a Saint Etienne para tomar las riendas, hasta que fue tentado por el Liverpool en 2011. Al momento de publicación de este artículo (último día de abril de 2012) la silla de ese puesto aún está calentita (?) ya que Comolli, fue amablemente invitado a retirarse por la puerta sin generar ningún disturbio.
Gente eficiente que no le terminaron cerrando los números
Mucho se habla de que el puesto de manager acá en Argentina no se usa, que no hay costumbre o cultura, que los dirigentes entregan todo el poder a los técnicos y los echan a los 3 días, etc. Esa costumbre tan inglesa del manager, lo eleva por encima de cualquier puesto de entrenador en cualquier otro lugar del mundo. Interviene directamente en aspectos presupuestarios, en negociaciones de jugadores, es decir que tiene una visión mas amplia, gerencial, por decir de alguna manera, no maneja en muchos casos los entrenamientos, pero a su vez es el que define el armado del equipo. Por lo que en algún punto la posición de Comolli puede ser invasiva para el modelo inglés. Un problema que ha tenido en Inglaterra ha sido ese. Cuando llegó Redknapp a Tottenham , Comolli tuvo que irse, porque ambos diferían diametralmente en sus nociones de entender el juego, ya que por caso, Redknapp cree que la mejor manera de recobrar hidratos en su época de jugador después de los partidos era tomar birra en el pub. Así con Comolli no se iba a entender nunca. Las mayores críticas para Comolli de todos modos, han sido acerca de su juicio a la hora de operar en el mercado de pases. Caso testigo es la mayor cruz con la que carga: se había ido Torres al Chelsea y Comolli optó por Carroll que había hecho muchos goles. Al tener un tipo alto, buen cabeceador, surgió la necesidad de un tipo que abra la cancha por izquierda que también faltaba. Ficharon a Steven Downing. Su presentación en la conferencia de prensa es el manual de Moneyball y lo que esta técnica implica. Comolli dijo de Downing:  “Buscamos información meticulosamente antes de contratar jugadores, así como estadísticas y realmente pensamos que conseguimos un activo muy importante en todos los aspectos. Probablemente su talento fue subvaluado en el fútbol inglés. Sabemos que vamos a conseguir y conseguimos un jugador muy eficiente”. Lo que Comolli contrató fueron 11 goles en Carroll y 9 asistencias en Downing hasta ese momento de la temporada, es decir los primeros 6 meses. Dejó de lado los nombres, se centró en estadísticas, vendió 9 goles en 50 millones de libras y compró 11 goles en 35 millones, sin importar los nombres propios ni alguna otra circunstancia. Desde que llegaron hace 14 meses, Carroll marcó solo  goles y Downing solo dio una asistencia. Para el beisbol ha mostrado funcionar en buena medida. Pero el motivo por el cual Comolli ya no traaja mas en Liverpool tiene una explicación muy sencilla. El fútbol no es el beisbol. Obviamente, mi estimado lector, si ud. no se había dado cuenta antes, con el total de los respetos es bastante siome. No solo por los puntos de contacto escasos a simple vista entre uno y otro, sino por otro motivo. Los aspectos mensurables de un jugador de beisbol dependen pura y exclusivamente de si mismo, de hecho gran parte del juego trascurre en un duelo entre lanzador y bateador. Que un tipo mande a la mierda una pelotita con un palo depende de si mismo y de su capacidad para evitar los engaños y el talento del tipo que se la tira, sin intervención de un compañero y son contadas las ocasiones de donde se requiere una actividad con sentido colectivo  En el fútbol es totalmente lo contrario, la interacción es total y absoluta, en casi todos los casos una acción de un jugador está vinculada a un acto de un compañero, ya sea de manera directa o indirecta. Ya que estábamos hablando de este muchacho Downing, el tipo venía del Aston Villa, un equipo que aguantaba y salía de contra, esto implica que Downing siempre tenía frente a si territorio, tiempo y un rival mal parado, una diferencia que cualquiera que haya tirado un centro a cualquier nivel, no puede desconocer. Liverpool es uno de los grandes (Por hinchas y mas aún por historia) equipos europeos a los que la globalización hizo un poco mas grandes. Las obligaciones que tiene a la hora de afrontar cada compromiso están reducidas. Solo le cabe ganar. Entonces irá a buscar los partidos y en este marco Downing, se ve con poco espacio, para maniobrar y tirar centros, además de no ser de los mas dúctiles en el mano a mano. Es innegable que el entorno de un jugador determina invariablemente sus rendimientos para bien y para mal. Esto demuestra que su paso por Liverpool no convierte a Downing en un peor tirador de centros, o peor jugador incluso, aunque si puede desprenderse que es un jugador menos completo o menos flexible a distintas variantes que le puede ofrecer el juego.
Ejemplos en el futbol sobran. Por ejemplo, Xavi. Contra el Chelsea, Xavi acertó 169 pases. Monstruoso. Cualquiera pensaría que Xavi es una bestia del pase. Y efectivamente lo es. Nadie va a negar las calidades de Xavi, pero la movilidad constante de sus compañeros siempre ofrece opciones de pases potables, que parecen hasta sencillas incluso en situaciones y en ángulos que a cualquier otro equipo le costaría muchísimo. En el caso del partido ante el Chelsea, a Xavi le tocó enfrentar a un equipo que básicamente metió nueve jugadores rivales en su área, lo que implica efectivamente Xavi tuvo tiempo espacio y muchas opciones fáciles para distribuir el balón exitosamente y que el Barcelona retuviera el poseso (Enzo dixit) del útil. En esa misma situación podemos poner a modo de ejemplo a un defensor central que juegue en un equipo que no la revolee, y que también tendrá alta efectividad en pases completos a compañeros, jugando pases cortos, sin riesgo, pero esto no lo convertirá en un gran pasador. E incluso, el mantra de tocar y moverse para recibir de nuevo, no es del todo valorado en culturas futboleras como Italia o Argentina, donde tienen imaginarios futboleros armados en torno de fantasistas o enganches que pueden intentar mil pases, hasta enganchar ese que pase entre decenas de piernas y encuentre destino en un compañero que la mande al gol. Estadísticamente tiene valor nulo y poco aporta, pero son esas jugadas las que en un juego como el fútbol pueden determinar un resultado.

No es la idea de este espacio abrir la cabeza de nadie salvo que tenga una piedra o botella en mi mano pero quiero dejar claro que no es la idea expresar que las estadísticas no sirven para una mierda. Son un indicador valioso, pero no se las puede tomar por si solas. En este caso, para este humilde servidor son como una tanga (?), se puede ver mucho, pero tapa lo que uno quiere ver. No hay sacarlas y ni arrancarlas con los dientes, sino correrlas e investigar que hay detrás. Pero en conclusión, si hay algo que matará la esencia del fútbol, no serán las estadísticas.

lunes, 23 de enero de 2012

El Todo Poderoso que vino de la nada

Acá se defiende la doctrina bilardista, por lo tanto se desprecia el chamuyo la idea menottista salvo mear locas. No hay grises en esta manufacturada antinomia, téngalo claro. Al que no le guste puede tomar de mi bidón leer otros blogs. Creo que no se juega como se vive, es un paralelismo muy simplista y abundan ejemplos, tal vez demasiados para ser considerados excepciones, como por ejemplo Viatri, que si así fuera sería un jugador de mucho robo y corte (?). Pero el fútbol africano, aquel que se juega, se desarrolla en el continente, lejos de los billares del viejo mundo donde brillan los Drogba, los Eto’o (antes de correr tras millones de petrodólares) y donde brillaran Kanus, Okochas, Abedis debuté con un garoto Pele y así podemos seguir, tiene mucho de África para el que lo ve de afuera. Es un fútbol misterioso, que representa una selva subsahariana inexplorada, de la magnitud de sus estepas, que permanece oculto para casi todo aquel que no habita el continente. Lamentablemente la literatura deportiva no nos ha dado un Kapuscinski para desentrañar sus secretos y acercarnos su trajín diario, pero si hay un Dr. Bilardo que nos regala la experiencia de su paso por Libia (?).
La realidad es que como cualquier bondi me deja bien, no es la intención hablar del fútbol africano de la nada. Ha comenzado la Copa Africana de Naciones, seguramente el producto mejor preparado para vender globalmente que tenga el fútbol africano al mercado global futbolero. Pero nos ocuparemos de un club que escribió historia grande, dentro y fuera de su país y de su continente.

Nos vamos a la República Democrática del Congo, una nación que tuvo varias denominaciones empezando por Congo Belga (sepa el lector no ilustrado en estas cuestiones que el “Congo” a secas comprende una región mucho más amplia), Zaire y la actual R.D. Congo. Allí habitaban los pigmeos, luego vinieron otras tribus que limpiaron a los pigmeos, vino un yanqui de la mano de un Rey belga que limpió a las otras tribus, después Belgica administró el territorio hasta que un tal Mobutu Sese Seko (que significa en idioma nativo: “El todo poderoso guerrero, que, debido a su aguante e inflexible voluntad de vencer, irá conquista tras conquista, dejando fuego en su derrotero”. Posta, al menos parecía confiable la fuente) lo denominó Zaire, lo fueron y llegó a su denominación actual. Fruto de la explotación colonial, tiranos dementes y a pesar de su riqueza en minerales y diamantes, la región siempre tuvo históricamente una coherencia inalterable en su política económica que salta a los ojos hasta del mas necio: Siempre fue pobre.
En 1939 en la ciudad de Lumumbashi, provincia de Katanga, zona a la que hacíamos referencia  en el monasterio benedictino de nombre Santo Instituto de Boniface de Elisabethsville. Evidentemente no todos los alumnos se dedicaban consagrar su vida a Dios, seminariándola (?) y como en Lumumbashi no había un Mauri para dejarte caminar por Florida rodeado de gente con pecheras fluorescentes tranquilo o un Palermo lo que fuera para caretearla (?) decidieron crear un equipo para que estos muchachos pudieran divertirse un rato. Este equipo se llamó Holy Georges y después Holy Paul. Bajo esta denominación empezaron a competir estos muchachos, hasta que el desinterés tanto de, los internados en el monasterio, como de aquellos que lo administraban, dejó el equipo en manos de zaireños, zaireños nativos, tiempo después.
La leyenda futbolera y la actual denominación empezarían a surgir cuando el equipo tomara el nombre de su Main Sponsor, una firma de neumática, empezando a llamarse Englebert FC. Poco después, lograría su primer título y para festejar, no dieron vuelta olímpica ni armaron fiestas con travesaños merca y escabio un partido amistoso, sino que agregaron el Tout Pouissant o TP que significa Todos Putos Todo Poderoso. Luego de la independencia de Bélgica, el dictador de en ese entonces Zaire Mobutu, impuso una ley de que todo aquello que tuviese que ver con Zaire (Personas, instituciones, empresas, todo, etc.) tuviese un nombre nativo. Esto coincidió con un reestructuración y de allí surge el actual TP Mazembe Englebert o el mas corto y mas zaireño TP Mazembe, que quiere decir completo “El Todo Poderoso que les da masa a todos y que le tiran la goma”. Tomaron el apodo de “Cuervos”, lo que da dos particularidades: La primera es que en su escudo llevan un cocodrilo y la segunda es que este apodo no les impidió lograr éxito a nivel continental por duplicado a fines de los 60’. Es valedero aportar que ese equipo fue el germen del primer plantel del África mal denominada negra que tomara parte en una copa del mundo en Alemania 1974, con consecuencias desastrosas y una jugada bizarrísima, que es todo risas hasta que uno se entera que tiene un trasfondo macabro.
El antes mencionado Mobutu , cuando no se dedicaba a masacrar a opositores y tribus antagónicas a la de su origen, era fanático del fútbol. Consumada la soñada clasificación al mundial, pero desalentado por la patética performance de los muchachos y cosas raras que pasaron en el medio, se comieron 14 goles en 3 partidos y ahí Mobutu pasó a odiar el deporte mas hermoso del mundo. Como consecuencia, la plata se acabó y ahora Independiente juega la Promoción (?) el nivel general decayó hasta que apareció un personaje muy  particular que a base de dinero, dio un renacer a este club y al fútbol de su país.

Moise Katumbi , hijo de un judío sefardí griego (Posta, no chequeado debidamente, pero de un sitio que parece serio) y de madre congolesa, empezó a hacer dinero con el tráfico comercio de diamantes, la actividad económica principal de la zona. Fana del fútbol, se propuso que el TP Mazembe volviera a sus años de gloria y para eso puso su músculo financiero (?) y montando un equipo con lo mejor de la región del Congo, reteniendo su ficha pagando sueldos muy onerosos para el fútbol de la región, ensamblado con un sistema de juveniles que le permitiera crear su talento. En un momento, Katumbi siguió el modelo Berlusconi, que ya supimos explicar en otro post, y asumió la gobernación de la provincia de Katanga, donde el Mazembe hace capote, lo que hizo que se dudara de la continuidad del proyecto, pero Katumbi dejó en claro que si bien ya no le iba a poder dedicar casi todo su tiempo al club como lo venía haciendo, si iba a continuar al frente, ya que el club representaba lo mejor de su tierra en cuanto a imagen y por mas obligaciones que tuviera, su amor al fútbol seguía siendo el mismo.
Todo ese tiempo y dinero invertidos dieron frutos en 2009 cuando después de 41 años reconquistaron el máximo trofeo a nivel continental, derrotando por goles de visitante al Heartland nigeriano. Llegado diciembre fueron al mundial de clubes, pero no era ese año la cita con la historia. Para nada. Perdieron el pasaje a semis contra el Pohang Pittsburgh Steelers (que después perdiera con Estudiantes) y por el quinto puesto, o muy motivados no estaban o se cagaron con el Haka, porque perdieron increíblemente con el Auckland City.

En el 2010 la idea de los muchachos del Congo era reconquistar el título continental. Pero se le iba a complicar en Ruanda de entrada. En el partido inicial cayeron increíblemente contra el APR, el equipo de la armada del antes mencionado país, pero en la vuelta en Lumumbashi lo dieron y vuelta y progresaron en la competencia. Lo peor vendría dos meses después cuando el presidente de Ruanda Paul Kagame organizó un torneo amistoso internacional. Cuando llegaron les preguntaron “Paul y Kagame estaban en el río, Paul se metió al agua…” Los ingenuos congoleños preguntaron “¿Y Kagame?”… bueno, los re-cagaron a patadas durante el torneo y la gota que colmó el vaso fue penal no cobrado. Esto provocó que el capitán y  elegido como mejor jugador de África jugando en el continente, Trésor Mputu (que supo estar a prueba en el Arsenal) no se la bancara. Se armó la tangana. El que pega la voladora es un tal Guy Lusadisu. A causa de esto a ambos les re-cabió cupo una pena de un año a ambos desequilibrados mentales jugadores. De esta manera, el año entero pareció perdido.
Cambios bruscos fueron efectuados. El senegalés N’Diaye reemplazó al técnico francés hasta ese entonces a cargo, el hilarantemente llamado Diego Garzzito. El equipo empezó a poner las cosas en su lugar e ir de menor a mayor. Ya el fútbol de ataque fluido que practicaban tenía como aliado una solidez estructural que mejoró el aspecto defensivo. A tal punto fue in crescendo su performance, que en la final enfrentó al Esperance Tunis, que lo había superado en la fase de grupos. El progreso de un equipo teóricamente disminuido al comienzo, quedó latente en el 6-1 global con el que se consagró el TP Mazembe.

Y llegaría la fama global. Con el fracaso rotundo del año anterior, llegaron a Abu Dhabi, sede del Mundial de Clubes. De entrada golpearon fuerte, sus antecedentes y la fama de alguna de sus jugadores rivales hacía suponer que Pachuca, sería demasiado para los cuervos. Pero los muchachos del Congo se impusieron con relativa autoridad y algo de sorpresa a los Tuzos. Personalmente no creo que haya sido total, porque los mexicanos siempre fallaron miserablemente en esta competencia. El próximo escollo sería el Inter de Porto Alegre y esta vez había grandes chances de que les hicieran una boleta. La diferencia entre ambos equipos en cuanto a jerarquía era bastante. No recuerdo un equipo sudamericano con tantas chances de alzarse un Mundial de Clubes. Los Colorados mantuvieron su base (infrecuente en Sudámerica) respecto del equipo campeón salvo por uno o dos nombres y por Europa estaba un Internazionale de Milan, pobremente reforzado por Rafa Benitez, quien además intentaba sembrar algo en la tierra arrasada que dejó Mourinho. Lo que no esperaban los brasileros era toparse con un Tout Pouissant Muteba Kidiaba (Arquero conocido por su exótico/bizarro/brillante festejo) y dos golazos de Kabangu y Kaluyituka, para dar un golpe histórico.
La final contra el Inter sería un trámite para gli neriazzurri. Tal vez la magnitud de las estrellas del rival, el haber tenido dos batallas previas muy intensas mas el relax por ya haber cumplido con creces las expectativas o verse superados por un escenario donde no esperaban estar, no logró siquiera con entusiasmo, igualar un poquito la balanza. Perdió cómodamente 3-0 y la boleta pudo haber sido muy superior.

El sr. Katumbi, después de haber puesto toda la tarasca y ver los frutos, lógicamente quería ir a por el tricampeonato continental, una hazaña inmensurable. El sueño se acabó rápidamente, y lo peor de todo, de una manera muy imbécil: La mala inclusión del defensor Janvier Besala Bokungu por un problema contractual con su ex club, ante un poco serio Simba de Tanzania, lo eliminó en la segunda ronda del torneo. Pero lo importante es que este es un club con una historia particular, logros y muy importante y una estructura sólida desde sus cimientos, que probablemente permita seguir escuchando de este club.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Ser Campeón Es Detalle

Hace poco tiempo puse un pequeñísimo homenaje a Sócrates, en ocasión de su fallecimiento y creo que es momento que ya pasó esa careteada inmediata post-mortem que suele rodear a estos personajes. Me voy a centrar  en el mayor proyecto del que Sócrates fuera parte y lo haré en base a un documental, narrado mayormente por los protagonistas y que refleja bien lo que era la Democracia Corintiana como sistema democrático y también refleja lo bien que jugaba ese Corinthians del bienio 1982-1984.

La historia latinoamericana tuvo un nefasto denominador común a partir de la década del 50’ y que se estableció durante la década de los 60’: Las dictaduras militares. La historia nos lleva a enfocarnos en Brasil, dictadura  que tuvo un rasgo distintivo: La disfrazaron de democracia. Inventaron un sistema bipartidista y de elección indirecta (a través de colegios electorales) de modo que el partido del que eran parte los militares, el ARENA (Aliança Renovadora Nacional) tuviera mayoría  siempre, y donde perdía efectuaba una intervención llamada Federal. El otro partido tenía una presencia meramente testimonial, porque además de que los militares tenían mayoría automática, el partido opositor asentía silenciosamente a los actos del gobierno militar. Una vez instalado el régimen los militares arrancaron con la represión violenta, pero no duraría tanto, ya que un manejo propagandístico acertado, donde al pueblo en la cara se le exalta ban bondades y ventajas de la nación y la geografía brasileñas (básicamente, el tocuen de que son felices y viven en la playa de joda) apoyados en la siempre nefasta Rede O Globo.
Luego de esto, cuando la mano se ponía pesada para los milicos con alzamientos guerrilleros, estudiantiles y obreros, llegó el crecimiento económico, lo que puso definitivamente a la clase media brasilera del lado del gobierno militar y la inacción funcional de la gran masa de la clase baja brasilera por ignorancia o por paja cívica (?) calmo las aguas que venían turbias. Pero este crecimiento, venía bajo el lema “dívida externa, não se paga, se rola.” Algo así como la deuda externa no se paga, se patea. La construcción de Brasilia por caso, mas otras obras públicas de alcance monstruoso, y políticas como favorecer al capital extranjero y las empresas estatales, mas esta concepción particular de honrar los compromisos extranjeros, mas la llegada de Carter que le cortó el chorro a aquellos regímenes anti comunistas (todos los militares de  America del Sur que posteriormente caerían, lo que muestra  la nefasta influencia de la política exterior norteamericana, provocó una espiral inflacionaria que mayormente afectó a aquellos sectores que se veían beneficiados por estas medidas. Entonces, para 1979 llegó a la presidencia un tal Figuieredo al cual no le fue del todo bien, pero a diferencia de procesos anteriores mientras se formaban distintos bandos donde se proponían nombres de milicos para ocupar la presidencia, se formó una oposición que se preocupó mas por el regreso de las elecciones directas bajo el lema Diretas Já!
Hasta ahora parece que hable de la historia de esa tierra llena de birra, putas y el negro de mierda de Pelé pero como siempre, la idea es imponer un marco histórico y como siempre también se me fue la mano. Como este marco histórico se expuso, ahora vamos a hablar de fulbo, pero no yo, si los protagonistas. El documental se estrenó en diciembre de 2011 y se llama Ser Campeão é Detalhe, lamentablemente, solo disponible en Portugués.

Pinche aquí para ver Ser Campeão é Detalhe (Pongo “Pinche” y no “Haga Clic” porque acá somos Bilardistas)

La cuestión es que a todo le llega un fin. En parte fue porque las Diretas Ja! perdieron en 1984.  Ganaron por abultado margen en realidad, pero no el suficiente para impulsar el cambio democrático en la República Federativa del Brasil. Esto propició que Sócrates se fuera a la Fiorentina y se perdió un sostén propiciando la salida del resto. Además otros impulsores se habían bajado, como el presidente Waldemar Pires y otros como el director de fútbol Adílson Monteiro Alves, habían perdido el norte y hacían lo que que se les cantaba los huevos. Por otra parte tenían resistencia interna que fue socavando el proyecto, como el ex presidente Vicente Matheus, dueño de un estilo absolutista y con grandes ambiciones de recuperar el  poder, o también ese gran amigo de Oscar Ruggeriy el granate en general y también reconocido anti-argentino Emerson Leao , quien no comulgaba con el proyecto y decía que a él le pagaban para atajar y solo se tenía que dedicar a eso y por otro lado dicen que armaba camarilla. Y por último también estaba un sector amplio de la prensa (liderada por la milica, como la Rede O Globo) que acusaba a gran parte de esta camada como poco profesionales, cuando no decían que eran una manga de vendedores de humo.

La Democracia Corintiana fue sin duda un proyecto novedoso, que aportó a la sociedad brasilera visibilidad de un problema social a través del medio más masivo que pueda tener una causa por estas latitudes, el fútbol. Porque si bien las Diretas Ja! perdieron, al año siguiente cayó la dictadura y eso traería el retorno democrático, un poco por peso propio de un gobierno que ya no podía sostener una serie de factores adversos y otro poco por el clamor popular, impulsado por manifestaciones como la Democracia Corintiana.
En lo relativo al fútbol la Democracia Corintiana, dejó un gran equipo de fútbol. En cuanto a lo organizativo, la idea de que un grupo de jugadores tuviera injerencia en todos los aspectos organizativos de un equipo, no deja de ser anecdótico, porque viendo el nivel de divismo y el bajo caudal intelectual en general, de jugadores y dirigentes, semejante proyecto será irrepetible. No creo que veamos equipos que ganen o pierdan, siempre con democracia.

martes, 13 de diciembre de 2011

El Primer León Negro


En la Argentina (aunque parezca mentira) existe la costumbre de mirar afuera, ver una costumbre extranjera positiva (que por lo general suele ser verdad) y potenciarla a niveles no tan veraces y en la posterior comparación, reducir a la Argentina a una verdadera mierda, obteniendo razonamientos cuanto menos falaces. Es así como uno escucha que los uruguayos son sumamente educados porque tienen el secundario obligatorio (la educación no solo se debe a hacer el secundario) y el argentino es bruto, descortés e ignorante, lo pujante de la economía chilena como modelo a seguir, cuando no se considera que es basado en un Estado ausente y apático a las necesidades de la gente, o que los brasileros viven felices todo el tiempo, estereotipo creado por la dictadura militar en ese país. Invito al que piense eso que se tome un bondi en hora pico en Sao Paulo y vea las caripelas o si no puede viajar, que vaya hasta la calle Florida y vea la cara de un gaúcho. Asimismo, cuando se piensa de Inglaterra, del Reino Unido, se piensa en que cunde el respeto en todas partes y en las grandes metrópolis cosmopolitas conviven armoniosamente distintas expresiones culturales, religiosas, artísticas, etc. Tienen sus problemas, si, conviven, también. Tal vez, esto no haya sido así siempre.
Vamos poner lo antes indicado en el contexto de la historia que hemos de narrar. A fines de la década del 70’ Gran Bretaña estaba para atrás. La economía se caía a pedazos y el descontento era generalizado, que reflejaba en conductas como la del movimiento punk, a que su vez, sus miembros apuntalaban a los famosos hooligans, siendo componente fundamental. Aquellos  que estaban pasando un momento de cierto bienestar, temieron perderlo y apuntaron a las minorías, mayormente, los asiáticos y negros.
El Black Country es un nombre afectivo para los West Midlands, una de las regiones que componen Inglaterra. Su ciudad mas importante es Birmingham y yace en la zona central del país, al oeste se encuentra Gales y al este están las East Midlands, lo que, a pesar de la falta de imaginación, tiene una lógica demoledora. Es una zona boscosa, donde predomina la industria del carbón, donde el humo negro de esa industria da el apodo que antes mencionamos. Además es el epicentro de muchas manifestaciones culturales alternativas, como el Reggae que a través de los descendientes de jamaiquinos hizo capote (?) allí o el heavy metal, con cuna en  Birmingham. 


Ahora que ya dentro de lo posible, estamos situados dentro de un contexto cierto, podemos ponernos en magnitud de los logros del objeto de conmememoración. Afuera de la cancha, ya habíamos dicho, proliferaban los hooligans endémicamente. Todos con bases punks e ideologías anarquistas. Menos una barra, los Zulus del Birmingham City, compuestos por negros. No negros cabeza de tacho que van por el paco el pancho y la coca como acá, sino negros descendientes de africanos y caribeños. Estos, forjaron una creciente reputación a puño limpio en las calles aledañas a los estadios ingleses. Dentro de la cancha era un tema un poco mas difícil para los jugadores negros. Era en extremo infrecuente que estos jugaran profesionalmente. Y no porque no se dedicaran ni lo intentaran. Existían prejuicios de los mas variados, que no aguantaban el frío, que era muy hábiles, pero no tenían aplicación táctica ni sacrificio, que eran cabezas de tacho por naturaleza. De todos modos, algunos había, como el antes reseñado Luther Blissett.
En el Black Country, un club (West Brom) rompió los moldes y puso a tres negros en la formación de un saque, algo que jamás había pasado en la historia del fútbol inglés, 90 añitos nada mas (?).  El trío estaba compuesto por Brendan Batson, un defensor central de gran timing y lectura de juego, Cyrille Regis, un centrodelantero de esos definibles como “tanque de área” y en quien nos vamos a centrar en esta historia: Laurie Cunningham, wing izquierdo de gran habilidad en velocidad. El impacto fue inmediato, no solo por la novedad de los negros, sino por el mismo Cunningham. Cunningham era londinense y fue formado en la disciplina del Arsenal de juvenil. Allí le impusieron el techo y tuvo que ir al menor Leyton Orient, que le sirvió de trampolín para llegar el West Brom en el 77’. Ese mismo año fue convocado a la selección sub-21, convirtiéndose así en el primer jugador negro en jugar en una selección inglesa de cualquier nivel, repito el dato, en 90 años aprox. de historia. Además, en su debut la descosió, lo que le valería posteriormente ser el primer jugador negro en jugar un partido oficial (léase por los puntos) con la selección. Fueron muchos partidos donde estuvieron expuestos al racismo, los manifiestos de los grupos de extrema derecha, razias, pero el trío agachaba la cabeza y Cunningham jugaban. De esta manera, el West Brom peleó arriba, ganó partidos importantes y se coló en competiciones europeas, guíados por ese muchacho que corría en puntas de pie, que parecía no tocar el piso (para quien escribe, un tranco muy similar al de Kaká). Fue precisamente en una competición europea donde Cunningham ganaría la atención de un coloso del fútbol mundial. En un choque de Copa UEFA contra el Valencia, el bueno de Laurie la rompió y el Real Madrid se convenció de ponerla toda, ya que en esa época no se preocupaban de cuantas camisetas podía vender un jugador.
Arrancó bien en Chamartín, unos cuantos goles, una campaña que lo llevó a la final de la Champions (aunque perdió ante sus paisanos del Liverpool) y un clásico en el Camp Nou donde se fue aplaudido por la gente del FC Barcelona, fueron los puntos altos en toda su campaña madridista. Primero las lesiones y después una profunda depresión por el asesinato de familiares (incluyendo a sus hijas), lo alejaron de los campos de entrenamiento y de juego.
Manchester United, Sporting Gijón, Marsella, Leicester y Rayo Vallecano lo vieron pasar sin pena ni gloria. A fines de los 80’ el fútbol inglés fue tomado por asalto por la “Crazy Gang”, denominación usada para los muchachos del Wimbledon, una manga de muchachos pintorescos como por ejemplo, el ahora actor Vinnie Jones, de comportamiento jodón y extravagante que compartían putas, merca y escabio, que jugando un fútbol muy de mierda, pegándole de punta para arriba, pero con una unión de grupo fortalecida por las alegres personalidades que lo componían, sumado a la sensación de injusto menosprecio hacia ellos, ascendieron muchas categorías hasta el nivel mas alto, con un punto culminante en el triunfo de la Copa FA de 1988. Es incomprensible como Cunningham cayó con esta gente, ya que ni su personalidad ni su estilo de juego encajaban allí. Su aporte fue breve y mas bien escaso, ya que la mayor parte del poco tiempo que paso en cancha, vio volar la pelota por sobre su cabeza. Igualmente, logró ser querido por el público y por sus compañeros, como en todos los clubes donde estuvo, independientemente de su desempeño.
El buen recuerdo que dejó en el Rayo Vallecano, le permitió volver. El asalto a la Primera División (Rayo se hallaba en segunda) craneado por los anarquistas de Vallecas, contemplaba la delantera Laurie Cunningham-Hugo Maradona. La temporada fue mala personalmente para Cunningham, pero pasó a ser el héroe cuando marcó el gol que ascendió al Rayo Vallecano a primera. Pasó a la inmortalidad unos días después cuando perdió la vida en un accidente de Tránsito en las afueras de Madrid. Así de abrupto como se narra.

La carrera de Cunningham en si no tiene tanto valor, a pesar de su talento innegable que ganó títulos y jugó en gigantes como el Real Madrid y el Manchester United. Como dice un artículo que anda dando vueltas en la web, 90 años aprox. tuvieron que pasar para que un negro se pusiera la divisa con el escudo de los tres leones y desde ese momento pasaron exactamente solo 25 años para que en una selección inglesa hubiera en el campo de juego mayoría de jugadores negros. Por ahí tuvo algo que ver que un tipo como Cunningham le mostró a todo un país que los negros podían jugar en serio.