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jueves, 24 de enero de 2013

De Potreros y Extraterrestres


Si ud. se encargara de hacer una secuencia sobre los tópicos que este espacio cubrió se dará cuenta  que poco se ha hablado de un espacio geográfico puntual que es la Argentina. A excepción de ese refrito de Monti que igual era italiano y ese espacio que es "¿Que pasó?" que maneja un código distinto a lo que originalmente se buscaba hacer en este blog y que se debe principalmente a raptos de exceso de consumo de etílico y estupefacientes lima, no buscamos repasar historias de aquí porque para eso está Alejandro Fabbri (?). Pero eso se va a acabar, al menos para este post que ud. leerá a continuación.

Nos daremos una vuelta por ese hermoso ente que es el llamado "Futbol Federal", ese espacio que hasta Grondona Dios parece haber olvidado, siempre y cuando se vea desde el punto de vista de un porteño puto. Allí cohabitan equipos de gran raigambre popular, equipos de pueblo, equipos que piden amparos en la Justicia a pedido de Vila tuvieron sus quince minutos de gloria (o mas) en los Nacionales de antaño (y no tan de antaño) y desesperadamente buscan repetir aquellos tiempos mejores; ese fútbol donde el poder de un equipo puede residir en el peso de su historia, el arrastre de su gente, el talento de su plantel, o simplemente en cuan irreductible y recóndito sea el espacio geográfico donde el equipo en cuestión haga de local.
Con el concepto de dar un empuje a los equipos de todo ese conglomerado que incluye a todo el país menos Capital + GBA, la Copa Argentina es un torneo conceptualmente fantástico, mas de pésima implementación en el plano fáctico. Por su estructura competitiva y mas allá de las cuestiones equívocas en cuestiones organizativas, además de brindar a aquellos mas humildes que pueblan la Argentina que los porteños no queremos ver Profunda (?) la chance de cruzarse en el camino de aquellas vacas sagradas (?) que son los grandes equipos de la primera división, tiene el atractivo de que en sus etapas preliminares, fomenta rivalidades regionales, que por ese abismo futbolístico/organizacional/infraestructural que existe entre el Argentino A y el Argentino B no logran darse dentro del marco desorganizativo del Consejo Federal.
Como cubrir todo el fútbol que no organiza la AFA es muy extenso, nos enfocaremos ste último aspecto en una de las provincias, donde el fútbol no supo alcanzar su máxima expresión, pero el interés en que lo haga es muy importante desde el ámbito político (porque quien escribe tiene un inexplicable sesgo en cuanto a mezclar el fútbol con la política)

Desde la provincia de San Luis, tierra del "Búfalo" Funes, el Wi-Fi, los inmuebles a precios irrisorios y las autopistas iluminadas, el Alberto Rodriguez Saa (al que no hay que confundir su hermano Adolfo, que se la come fuera efímero y moroso presidente de este país) causo una mezcla de estupor, asombro, incredulidad, risa y lástima al contar que había tenido una revelación donde había visto a extraterrestres provenientes de un planeta llamado Xilium un día (Vaya casualidad) 17 de Octubre. Anoticiados de la lamentable gaffe y de cuan expuesto había quedado la demencia megalómana de su jefe, el equipo de asesores del Alberto, logró modificar levemente el discurso del líder espiritual puntano, de modo que este encuentro del tercer tipo con esta gente del planeta Xilium en realidad era una revelación que se le presentó de una sociedad útopica a la que el aspiraba y que tomó como referencia de lo que debía ser su (¿)amada(?) San Luis. De todos modos la percepción general no varió y fueron pocos (aunque en realidad mas de los que deberían haber sido) los pos me*mistas que  votaron en las internas del llamado Peronismo disidente, al demente mandatario megalómano puntano, en detrimento de un famoso narcopolítico bonaerense no colombiano. Esto no fue impedimento para que el equipo de imagen de este muchacho construyera un relato en base a comparaciones entre la abstracta y utópica Xilium y la San Luis terrenal donde todos maman de esa gran teta que es el estado provincial, por lo que Xilium ahora es San Luis lo que "... Para Todos" es al Gobierno Nacional.

Ahora intentaré darle todo el sentido posible a lo explicado anteriormente, indicando que carajos tiene que ver el fútbol y la política feudal que impera en alguna provincia. Ante la imposibilidad de que los dos equipos mas representativos de la provincia como Juventud Unida Universitario, cuyo manager es el Chapulín Martín Cardetti y Club Sportivo Estudiantes, gerenciado por el nefasto Carlos Ahumada Kurtz, empresario Saltamuro mexicano que mandara a Talleres al Argentino A durante su gerenciamiento, se enfrentaran por obvias diferencias en la categoría de ambos (El La Juve de Italia en el Argentino A y el Verde en  el Argentino B) y la falta de folklore en los encuentros de los conjuntos alternativos de ambos cuadros en la liga local ante la prohibición de presencia del público visitante, el Alberto decidió sacar rédito político de la situación. Anunció en su programa de FM en FM Lafinur apropiadamente intitulado "Planeta Xilium" la disputa de la apropiadamente llamada "Copa Xilium" entre los dos antes mencionados equipos de la provincia. El modo de competencia, se disputaría a ida y vuelta, pero en ambos casos se jugaría en cancha neutral, con la presencia de los adeptos a los colores de ambos equipos. El primer partido se jugaría el cargadísimo de efemérides (?) 17 de Octubre, día de la Lealtad Peronista y aniversario de la llegada de los habitantes del planeta Xilium, que es lo mismo que decir, día de la Lealtad Xiliuminista (?). La fecha del partido de vuelta, en cambio, quedaría sujeta a condiciones varias, como ser el progreso de los equipos en la Copa Argentina, posibles cambios en los calendarios de sus respectivas ligas, etc.
En lo que respecta a lo estrictamente futbolístico y a la Copa Xilium en si, hay que decir que tuvo todo lo que un clásico debe tener. Mucho color, termocefalia y decibeles en las tribunas y dentro de la cancha, mucha pierna fuerte, mucha fricción, mucho nervio, expulsiones de ambos lados tánganas, termocefalia, venta de humo, etc. El único gol del partido llegó cuando Juventud Unida pagó muy caro una mórbida ejecución de un tiro de esquina, ya que a la salida del mismo, Daniel Garro (Para quien escribe, es el Jonathan Copete puntano), impuso su tranco largo, agregó un poco de habilidad, bastante oficio para no ser derribado y completó la manufactura con un zurdazo impactante.
Para documentar este partido, el Diario de la República, a pesar de ser evidentemente tirapiolas del gobierno provincial (de no ser así ya estarían en una zanja), armó una especie de corto, donde se captura el color y la intensidad del partido, que está bien hecho, posee buena imagen y está fantásticamente musicalizado. Para destacar el saco vino tinto del Alberto, cuando el relator le dice “Master” al caudillo puntano y ya sobre el final de mismo, la termocefalia de un preadolescente llorando por el resultado positivo de su querido verde.



El partido de vuelta terminó jugándose con fecha 5 de diciembre, porque se le cantó los huevos a alguien y Estudiantes y Juventud Unida finalmente zanjarían la disputa de ver quien la tiene mas larga en San Luis, lo que es al pedo, porque si no te llamás Rodriguez Saa y te empomás a Esther Goris no hay manera que no seas vos. El partido, dirigido por el internacional comegato rosarino Sergio Pezzotta, fue igual de intenso y cerrado y tuvo los mismos condimentos que el anterior a pesar de que después de 10 minutos empataban 1 a 1 tras sendas acciones a balón parado. La fortuna sonreiría en la última ola de la noche a la vieja señora puntana (?), después que Pezzotta diera la friolera de 5 minutos de recúpero y de que tras una bocha suelta de una pelota parada mal jugada, terminara en un tiro cruzado que sería el gol que terminó enviando el partido a la mal llamada lotería de los penales. La cuestión es que Estudiantes no se recuperó del impacto anímico y en los penales dio asco, lo que terminó dando la Copa Xilium a Juventud Unida.
Este corto del Diario de la República tiene el mismo tenor que el del primer partido y es destacable ver al Alberto fumando en el banco de suplentes durante el primer preliminar y la venta de humo de manual del número 9 de Estudiantes cuando se retira tras el cambio, sobre todo porque después le re-cabió.



Mas allá de lo que fue el torneo en si, la rivalidad entre estos dos equipos o la demencia del Alberto, tengan en cuenta que si lo votan en las presidenciales de 2015 y gana, mas allá de las casas a 70 mangos por mes, las autopistas iluminadas y el Wi Fi universal, por ahí la Copa Xilium en el 2016 la juegan Aaaaaaca y RiBer.  Ya no van a poder decir que este humilde servidor nunca les avisó.

martes, 9 de octubre de 2012

19 de Diciembre de 1971 - Roberto Fontanarrosa

Después de un largo parate, me saqué las ganas de hacer algo como lo de los dos posts anteriores (y que espero tener la constancia de seguir haciendo) calculo que volveré a las historias de continentes negros y cortinas de hierro que solía ocupar este espacio binario (?). Dejo un cuento para retomar la senda de lo que hacía anteriormente, a la espera de los otro.

Vengo de Rosario de ver a Vélez con mi hermano (justamente nació 7 años después de la fecha que da nombre a la pieza literaria asunto del artículo) y un amigo y la verdad que es un lugar que, personalmente, me resulta poco grato debido a la cantidad intolerable de termocefalia que flota en la atmósfera de la Chicago Argentina. Este cuento refleja esa termocefalia de la mano de uno los tipos que mejor entendió el folklore del fútbol, desde lo amateur dentro del campo y desde el tablón, mezclando en este caso la realidad con la ficción, y un referente de la cultura argentina como Fontanarrosa. Sin mas, los dejo con la narrativa.




Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.


Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.


—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!


Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío. Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa.


Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.


Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.


Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a pereceresos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario” y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la palabra “derrota”.


Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen “la papa”, o “tiene otra cosa”, “algo malo”, pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale. El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo pata no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha”. Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano— que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.


Entonces ahí nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.


Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos “vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado”. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.


La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo.


Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle “Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro”. Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.


Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo.


Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego”. No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada”. Porque el viejo decía y tenla razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.


Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada.


¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él —viviendo como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a—la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.


El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.


Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón.


Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria” y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.


Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te juro.
El que organizó la “Operación Eichmann”, como lo llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general aleman, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba por ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L “Organización Canalla Anti Lepra”. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.


Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.


Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido.


Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.


Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.


Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.


Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.


Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.
Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía “Empalme Graneros presente” y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el. viejardo no la vichara.


La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo “¡Mirá vos!”.


Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo “En la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En la esquina”. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy canalla, soy canalla!” por las ventanas.


Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.


¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.


Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.


Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento.


Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario.


Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo.


¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

lunes, 17 de octubre de 2011

Una historia de termos: Egipto y Argelia

El fútbol es pródigo en rivalidades. Las más conocidas antinomias son aquellas que tienen a clubes como protagonistas, pero también las hay entre selecciones. Muchas veces son con el vecino, como uno que se pelea con esa vecina que te pone un Luismi al palo mientras limpia o ese vecino que te martilla una chapa todo lo que dura un sábado a la mañana. Muchas veces, rivalidades que vienen de otros planos se trasladan al fútbol. Esto se ve mucho en Europa, donde hay enconos como pueden ser Italia-Francia. Y un clásico aparte puede calificarse como Argentina-Brasil, donde se juega a ver quien la tiene mas larga, futbolísticamente hablando.

Egipto es una nación antigua. Sus momias, pirámides y el Nilo lo testimonian con miles de años de historia vividos. De su capital, El Cairo, atravesando el vasto territorio libio y el mucho menos extenso tunecino se llega a la ciudad de Argel, capital de Argelia, país con una historia independiente de 50 años, pero antinómico del antes mencionado Egipto en lo futbolístico. El historial cara a cara ha sido parejo, pero Los Faraones Egipcios a nivel continental son potencia total. Si bien los Zorros Argelinos han jugado en mas mundiales y han dispuesto de una cantera de talento superior, no obtuvieron muchos títulos, al menos como deberían haberlo hecho.
Difícil ha sido determinar el origen de esta rivalidad. Algunos especialistas se remontan previo a la independencia argelina donde había un equipo de fútbol que viajaba por el mundo árabe promocionando la resistencia argelina (dicho sea de paso, Como titularía Cl*rin un equipo que dicen que jugaba muy bien), pero fue vedado en Egipto. Otros indican a que el Islamismo termo en Argelia no tolera el colaboracionismo egipcio con Israel. Cualquiera fuera el motivo ninguno de estos motivos explica una rivalidad que lleva la violencia a flor de piel como ninguna otra en el fútbol internacional (Por este término entiéndase el fútbol entre selecciones).

Hipótesis al margen, el primer incidente se remonta a los juegos Panafricanos de 1978 en Argelia donde un grupo de argelinos tiró piedras junto a la barra de Platense al micro de jugadores egipcios y de paso, fajaron a unos cuantos hinchas. El siguiente incidente fue en 1984 en un preolímpico de cara a Los Angeles, en un partido que ante la sucesión de hechos bochornosos (tanganas constantes) debió suspenderse.

El momento que marcaría lo que era una incipiente rivalidad, dejaría de serlo para pasar al odio visceral es el año 1989. Para poder poner un pie en Fiumicino en 1990(?), la cosa era así si eras de África: Te mandaban a jugar un mano a mano para poder pasar a una ronda de cuatro grupos (salvo que te toque con Togo, Lesotho o Ruanda que no se presentaron), para la cual estabas clasificado si eras uno de los mejores ocho del continente. Como había dos plazas para cuatro grupos, los ganadores de esos grupos jugaban una llave (El ganador del grupo A contra el del B y el del C contra el del D) en la cual el ganador iba a disfrutar de una estate italiana. Para el que perdía, había mierda. En una llave, Camerún (Ganador del grupo C) derrotó con comodidad a Tunez (que se impuso en el D) y los ganadores de los grupos a A y B fueron Argelia y Egipto respectivamente.
Egipto venía en alza después de mucho tiempo, mientras que se iba apagando la buena estrella argelina, después de tres mundiales seguidos y generaciones de mucho talento. Los partidos resultaron ser asuntos muy tensos, muy picados. Para colmo, el miedo a perder resultó ser el dominador a lo largo de la serie. En Argelia, el partido de ida terminó empatado en cero. Esto implicaba que todo se definía en El Cairo ante, según algunos cien mil personas, según otros ciento veinte mil personas. En cualquiera de los dos casos una bocha de gente (?). En el mas glorioso de sus 169 partidos y 69 goles, el talismánico y seguidor de Mubarak Hossam Hassan, dio el pasaje a su Egipto con un cabezazo apenas comenzado el partido. Lo que pasaría después es lo que define todo. Para los argelinos el árbitro tunecino inclino la cancha para Egipto. No se lo bancaron y derivó en un conato de violencia dentro y fuera de la cancha. Muchos heridos fuera. Y dentro, un episodio confuso. Un botellazo proveniente de un jugador argelino vació el ojo del médico egipcio. Todos indicaron que fue el arquero suplente, pero el pato lo pagó la figura del equipo, Belloumi.  Tal es así que sobre él pesó un pedido de captura internacional de la Interpol durante 20 años, que probablemente haya postergado una carrera de alto vuelo, considerando su enorme talento. Este pedido fue levantado (mediante intervención político-diplomática) recién de cara al próximo gran duelo que tendrían ambos equipos, para apaciguar los ánimos. Hacía allí ahora nos lleva esta cronología.

Las bolillas calientes expresaron que Zambia y Ruanda sean partenaires de la lucha que llevarían adelante Egipto y Argelia. El Premio: Un lugar en Sudáfrica 2010. En la segunda fecha sería el partido de ida, en Argelia. La chatura del primer tiempo dio lugar a la emoción en el segundo.  En 15 minutos los argelinos clavaron tres pepas, pero a falta de cinco para el pitazo final, el ya legendario Aboutrika, descontó. El partido de vuelta quedó para la última fecha.
Argelia llegó a El Cairo tres puntos encima de Egipto en medio de un clima muy caldeado. Si Egipto ganaba, debía hacerlo por dos goles de diferencia para forzar un desempate o ganar por un margen mayor o para ir directamente a Sudáfrica. De ocurrir cualquier otra variante, el que iba a sufrir las vuvuzelas la tierra de Mandela era Argelia.
 Incidentes diplomáticos, delitos virtuales, micros apedreados por los hinchas o micros rotos por los propios jugadores de los argelinos, en su aparente costumbre de victimizarse (?) no ayudaron a paliar un clima ardiente. Lo que seguiría después tampoco. Amr Zaki le puso suspenso de entrada con su gol a los 3’. Moteab puso el 2-0 en el quinto minuto de los ocho adicionados (!), esto implicaba, que ante igualdad en todas las situaciones de desempate, había que jugar un definitorio en cancha neutral.
Y se fueron para Khartoum, capital de Sudán (Jartum si lo buscan en Wikipedia) donde hubo mas de lo mismo previo al partido.  Allí, ante 35000 espectadores y la friolera de 15000 policías en un operativo conjuto entre la Federal y la Bonaerense Antar Yahia clavó una memorable volea que se la dejó adentro al Pasman egipcio lo elevará por los siglos de los siglos en el inconsciente colectivo argelino en la mas alta de las consideraciones termo patrióticas. Posterior al partido, mas de lo mismo.

El último de los antecedentes entre estos dos colosos magrebíes se remonta a Angola 2010 donde Egipto logró una venganza lo suficientemente humillante como para no quedar a mano y el fuego de la rivalidad sea aún mayor, cuando le propinó un 4 a 0 que sería la antesala del título para los faraones. De todos modos, el pico de tensión ya había pasado y todo ese circo mediático era parte del pasado para volver a ser algo mas parecido a una contienda deportiva.

Mas allá de que el hilo es narrar una rivalidad, no deja de llamarme la atención en un planeta donde la globalización se lleva puesta las fronteras y las transnacionales hacen lo mismo con los estados y las formas de integración son cada mas y ganan en complejidad, una tribuna de fútbol parece ser unos de los refugios mas termo recalcitrantes del patriotismo.  Tal vez hoy los defensores de una patria no sean mercenarios que se carguen un fusil al hombro, sino que sean mercenarios de pantalones cortos y canilleras. En Estados Unidos no les gusta el soccer en gran medida. Tal vez por eso sigan haciendo la guerra. Toman las armas y se quedan con el petróleo. ¿Sabés que, Obama? A mi dejame la pelota (?)